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30 ago 2011

Mentiras que creí, capítulo 7// Cerrado por vacaciones (:

Capítulo siete
No puedo explicar exactamente como pasó, pero Leo se levantó seguidamente y vi como se abalanzaba sobre la persona que nos acechaba. Forcejearon en el suelo y escuché un disparo. Me quedé quieta, sin moverme.
-Capullo- escuché la voz de Leo. Una alegría me llenó por dentro, aún tenía posibilidades de sobrevivir, ¿no?
-¿Qué hacía ese hombre aquí?
-Ya te lo dije, quieren matarte.

Dos capuchinos y una hora después, me encontraba en la calle estrecha y oscura que se encontraba cerca de nuestro hotel. No habíamos podido dormir y a base de café nos habíamos despertado del todo.
-Voy a entrar, quédate aquí y espérame. Cuando salga con mi hermana tendremos que correr.
Leo se adentró en uno de los edificios y me quedé con los nervios a flor de piel.
¿Me había dejado allí, sola, en peligro? ¿O estaba a salvo?

No pude saber cuántos minutos pasaron con exactitud, pero me parecieron muy pocos. Leo salió con una niña de cinco años en sus brazos, corriendo. No me lo pensé dos veces y eché a correr tras ellos.
Durante el tiempo que tardamos en encontrar un taxi, la hermana de Leo no dijo nada. No lloraba, no gritaba, simplemente se aferraba a su hermano, sabiendo que estaba a salvo.
En el taxi, nuestro comportamiento fue de lo más normal. Como si no pasara nada.

La primera vez que viajaba a París y solo había durado un día. Me encontraba de nuevo en un avión, con la sensación de claustrofobia en mi mente. Ahora tenía miedo de que hubiera otro asesino.
-¿Dónde vamos ahora?
-Tú vas a tu ciudad, a una casa de acogida.
-¿Qué?- Estaba sorprendida, incrédula ante lo que había oído. ¿Me acababa de decir que ya no estaba en peligro, que podía tener una vida normal?
-Ya has pasado por mucho. Te dejarán en paz, al menos por un tiempo.- Mierda, era temporal- pero tranquila, si pasa algo iré a buscarte.
-¿Quién era la mujer del armario?
-Hablaremos mañana.

Cuando llegué a mi casa el sol había salido, aunque estaba tapado por unas nubes oscuras que traían agua. Ni siquiera entré, simplemente le eché un último vistazo y me dirigí a la oficina de policía.
Al entrar, me reconocieron y me dieron un abrazo.
-¿Dónde estabas? Te escapaste antes de ayer.- Parecía mentira, solo habían pasado dos días desde el asesinato de mi abuela- bien, no importa. Te llevaré a una casa de acogida.
El policía me dio la mano y me condujo a su coche.
-Esta noche iré a verte y me despediré de ti- me susurró Leo.

Mientras me alejaba en el coche me asaltó otra duda, ¿todo se había acabado? Porque aún tenía muchas preguntas sin respuestas. Y aquella noche lo averiguaría todo…

24 ago 2011

Mentiras que creí, capítulo 6

Capítulo seis

Eché a correr hacia Leo, si era cierto lo que me había dicho, con él estaría a salvo. Cuando llegué a nuestros asientos ya se había enterado de lo ocurrido.
-Siéntate y compórtate como el resto, asombrada y asustada.
-Es que estoy asustada.
Me senté a su lado y esperé a que hablara.
-¿Igual que tu abuela?
-¿Quieres decir con la misma puñalada que tú le diste? Pues sí.
-Yo no he sido. Si es así quiere decir que hay alguien que pertenece a mi secta aquí.
-¿Y qué hace aquí?
No obtuve respuesta, me quedé con la duda.
El resto del vuelo no dije una palabra, no pude más que hacer preguntas a la gente e intentar calmarme. Nadie podía hacer nada por el hombre muerto, ni por encontrar al asesino. Teníamos que esperar a aterrizar.

Cuando me encontré en tierra firme, en un aeropuerto desconocido para mí, rodeada de franceses y corriendo de la mano de Leo, me sentí más segura.
Leo pidió un taxi y acabamos en una calle oscura, estrecha y con muy mala pinta. Yo no tenía ni idea de donde nos encontrábamos, era la primera vez que iba a París.
Sin embargo en vez de caminar por esa calle, torcimos a la izquierda y entramos en un hotel.
-Tenemos que comer algo.
Me condujo al bar del restaurante y pidió dos míseros bocadillos de queso.
-Descansaremos esta noche y mañana buscaremos a mi hermana.
-¿Por qué me arrastras contigo?
-Créeme, estás a salvo.
-¿Cómo quieres que te crea si has matado a mi abuela, tenías a una mujer desangrándose en tu armario y perteneces a una secta de asesinos?
-Lo cierto es que viéndolo así…- Acercó sus dedos a mi rostro y yo me alejé de él.
-No me toques.
Tras cenar subimos a una de las habitaciones. Lo cierto es que era un hotel de lo más cutre posible, y la habitación era a lo baratucha.
Había dos camas y me tendí en una de ellas, dándole la espalda a Leo.
-¿Qué hacía ese hombre en el avión?- Me atreví a preguntar.
-No quieres saberlo.
-Sí quiero.
-Venía a matarte.
Me quedé sin respiración durante segundos, ¿por qué tanto empeño en mí?
-¿Por qué?
-Porque no lo hice yo.
-¿Por qué quieren matarme?
-Ajustes de cuentas.
Me quedé dormida mientras pensaba.

Escuché un leve sonido cercano a mí en mitad de la noche. Abrí los ojos y me incorporé lentamente. Cuando posé mi mirada sobre la puerta vi unos ojos azules clavados en mí.
Me quedé paralizada… Ajustes de cuentas.
Grité con todas mis fuerzas.

18 ago 2011

Mentiras que creí, capítulo 5

Capítulo 5

Leo se dio la vuelta y comenzó a hablar por teléfono. Leí su nombre de nuevo en la parte de atrás de su camiseta, bordado con plata.
No entendía nada, ¿por qué era mi abuela una asesina? Tenía muchísimas preguntas en la cabeza pero todas se disiparon cuando Leo se acercó a mí con las manos en la cabeza y pálido.
-Tenemos que irnos.
-¿Qué?
-Tienen a mi hermana pequeña. Nunca pensé que mi tío sería capaz de esto. Es capaz de matarla con tal de que vuelva con ellos.
-¿Y por qué no vuelves, me cuentas todo lo que sabes y luego me matas?
-No puedo hacerlo.
Leo me cogió del brazo y echó a correr llevándome con él. No pude rechistar, ni escapar, llevaba una pistola en los pantalones.

Dos horas más tarde me encontraba en el aeropuerto con el rostro descompuesto.
-No puedo viajar contigo sin una autorización de mi tutor legal, es decir, mi abuela.
-¿Crees que no tenía esto planeado? No soy tan imbécil.
Mi abuela había permitido eso, había dejado que me secuestrara.
Embarcamos en menos de cinco minutos y comencé a inquietarme. Yo había sido una chica normal hasta el momento, huérfana y con unas notas mediocres, ¿qué hacía en un avión con un desconocido y sin poder avisar a la policía? Se me tenía que ocurrir algo cuanto antes…
-¿Por qué firmó mi abuela esa autorización? ¿Quién asesinó a mis padres y por qué? ¿Quién era la mujer que vi muerta desangrándose? ¿Por qué tengo que irme contigo? ¿Por qué dices que ya no perteneces a esa secta? ¿Por qué pertenecía mi abuela?- Leo me miró sorprendido.
-Demasiadas preguntas, lo sabrás en su momento.
-Déjame ir.
-Aunque no lo creas, conmigo estás a salvo.
Miré la pequeña pantalla que había delante nuestra, íbamos a París.
-¿Por qué París?
-Allí tiene la secta su base.
Sentí nauseas al despegar y deseé aterrizar cuanto antes. Deseé estar en mi casa, con mi abuela, esperando a mis amigas. A esas horas estarían buscándome por la ciudad. Seguramente habrían hecho una patrulla de búsqueda y ellas estarían allí pero… ¿Pero qué? ¿Es qué no iba a volver a la ciudad? ¿Es qué iba a morir? Quise llorar aunque no pude. La impotencia me estaba matando, los minutos pasaban lentamente, la gente hablaba despreocupadamente sin darse cuenta de que estaba secuestrada. Me odié, me odié mil veces por no tener la valentía de gritar, por no ser capaz de delatar a Leo.
-Voy al baño.
-Si dices una palabra o haces algún gesto extraño te volaré la cabeza.
Eché a andar lentamente por el pasillo, me daba demasiado miedo retar a ese chico, no podía hacerlo.
El baño era pequeño y no pude más que lavarme la cara y respirar profundamente, tenía que tranquilizarme. Al salir, escuché un grito.
Me quedé quieta, helada, sin saber qué hacer exactamente. Vi a una azafata a mi lado mirando el baño de al lado. Me asomé y divisé que había visto, un hombre yacía muerto en el suelo.
Solo tuve una pregunta, ¿quién más estaba en ese avión que perteneciera a la secta de Leo? Demasiada coincidencia para que no se conocieran.

10 ago 2011

Mentiras que creí, capítulo 4

Capítulo cuatro

-Pero no puedo hacerlo- bajó la pistola y le puso el seguro.
-¿Qué?
-Yo… Tengo que matarte pero no puedo hacerlo. He matado a muchas personas por órdenes de mi tío…
-Si estás jugando a algo…
-No Sira, no juego a nada. Es cierto, no puedo hacerlo. Cuando te encontré tan asustada bajo mi cama… No pude remediar sentir lástima por ti.
-Tú mataste a mi abuela…
-Sí, yo la maté.
-¿Por qué?- Le grité. Las lágrimas volvieron a abarrotar mi rostro.
-Es difícil de explicar. Tenemos que irnos, corremos peligro.
-¿Corremos? Dirás corro. Que yo sepa estás con ellos.
-Ya no.
Leo me agarró del brazo y tiró de mí para que me levantara. Echamos a correr hacia el coche y partimos rápidamente hacia otra ciudad. No entendía nada, ¿cómo que había matado a mi abuela y ahora se fugaba conmigo? ¿Por qué? Era un maldito asesino en serie y estaba jugando conmigo. Tal vez creía que podía confundirme, pero no. Lo tenía calado y tenía que escapar de sus brazos.

Pasaron cuatro largas horas en las que no dije nada, solo lloré pensando en todo lo que me estaba pasando. Parecía una niña pequeña pero no podía remediarlo, mi vida había dado un giro desde que me había levantado.
Paramos frente a un gran edificio de color blanco, parecía una oficina abandonada.
-¿Qué hacemos aquí?- ¿Es que vas a violarme? Le podía haber preguntado eso, aunque no hubiera servido de mucho.
-Esta era la antigua oficina de mi secta, aquí hay muchas cosas que te ayudarán a entender qué pasa con tu abuela.
Entramos en el edificio. Noté la mirada de Leo sobre mí todo el tiempo, andaba detrás mía. No me conocía, no le conocía y no quería hacerlo, pero tenía que seguir sus órdenes, si es que se les podía llamar así.
Subimos a la segunda planta y comenzamos a buscar entre múltiples habitaciones, ¿qué? No tengo ni la menor idea, yo solo le imitaba.
-¡Aquí está!- Gritó satisfecho. Me tendió una carpeta y la cogí.
El rostro se me heló al ver múltiples fotografías de toda mi familia, mis padres, mis abuelos, yo… Algunas estaban quemadas, en realidad casi todo el edificio presentaba rastros de un incendio.
Bajo las fotografías encontré un periódico que hablaba de la extraña muerte de una pareja de tan solo treinta años… Encontrada en su coche a un lado de la carretera. No había rastros de que hubiera sido un accidente, es más, afirmaban que había sido un homicidio. No habíamos tenido ningún accidente de coche nunca, mi abuela me había mentido.
-Carla Crowell…
Una fotografía de mi abuela mostraba algo escrito por detrás.
-Número 003.
-Es su número de identificación.- Me aclaró Leo.
-¿Quieres decir qué…?
-Que era una de las nuestras.
Se me cayó el alma a los pies. ¿Mi abuela era una asesina? ¿Por qué? ¿Por qué no me había matado? ¿Por qué habían aniquilado a toda mi familia? ¿Qué teníamos nosotros? No entendía nada, solo quería algo, despertarme de esta terrible pesadilla.


PD: Si me olvido de alguien en los blogs que me apoyan que me lo diga, tengo que irme y no puedo acabar la lista, la terminaré lo antes posible. Besos!

5 ago 2011

Mentiras que creí, capítulo 3

Capítulo 3


Pataleé con todas mis fuerzas sobre su espalda para que me soltara. Agarré su pelo y comencé a tirar de él, pero el chaval no me soltaba. Aún estaba conmocionada por lo que había visto en el armario y las lágrimas bañaban mi rostro al recordar lo que le había pasado a mi abuela una hora antes. Las escaleras parecían venir hacia mí mientras mi cabeza subía y bajaba al ritmo de los pasos del chaval.
Llegamos al jardín de la casa, me metió en una furgoneta negra y cerró la puerta. Me quedé allí tirada, llorando como una magdalena.
Pasaron quince largos minutos en los que no reaccioné, la furgoneta se movía vertiginosamente por la carretera y yo me llevaba todos los golpes. Me levanté como pude agarrándome a cuerdas de lona que tenían a cada lado para aguantar cajas y tambaleé varias veces antes de recuperar el equilibrio. Tenía que pensar con la cabeza fría, buscar una vía de escape. No podía seguir llorando por la muerte de mi abuela ni preocuparme por la mujer de aquella peculiar casa, solo tenía que pensar en mi seguridad. Debía salvar mi vida y nadie podía interponerse.
Caminé por cada rincón de la furgoneta y me di cuenta de que delante, en la cabina, había dos hombres, escuché sus voces y uno de ellos era el chaval que me había secuestrado. Seguí tanteando toda la furgoneta y no, no encontré ninguna manera de salir y simplemente dediqué mis pensamientos a mi abuela y a mis padres, tal vez en poco tiempo me encontraría con ellos y tendría todas las respuestas que deseaba.

Cuando la furgoneta frenó en seco caí al suelo y me senté en un lado con la espalda apoyada en la pared. El chaval entró provocando un fuerte estruendo en la puerta.
Observé al portador de la otra voz que había escuchado, era un hombre alto, fornido y calvo, tendría unos cuarenta años y unas pintas de matón impresionantes. El chaval me cogió por los brazos y tiró de mí para que le siguiera.
-Cuando te diga, sígueme- me susurró al oído mientras el otro hombre se encaminaba hacia una gran nave.
No dije nada, si tenía que seguirlo para que no me matase lo haría. Mientras el gran hombre se adentraba en la nave el chaval me dijo que corriera con todas mis fuerzas tras él. Le hice caso y corrí como nunca antes, con la certeza de que si no lo hacía acabaría peor que mi abuela.
El chico se metió en un coche blanco que había en la calle y le seguí, sentándome en el sitio del copiloto. Arrancó y a toda velocidad se dirigió a la salida de la ciudad.

No dije nada, al igual que él y esperé a que paráramos. Estábamos muy lejos de la ciudad, a más de cien kilómetros, que habíamos recorrido en una larga hora en la que solo se instaló un silencio entre ambos.
Nos bajamos del coche y me guió hacia una colina. Allí se sentó a mi lado y sacó una pistola, la colocó en mi cabeza y dijo:
-Eres la nieta de Carla, ¿no?
-Sí.
-Mis órdenes son claras, matarte.
Sentí la fría pistola en mi cabeza, iba a morir en menos de un minuto y no se me ocurría qué decir, pero sí que pensar: ¿Por qué mi abuela había muerto? ¿Por qué tenía la dirección donde había encontrado a aquella mujer desangrándose? ¿Por qué estaba esa mujer muerta escondida en el armario? ¿Quién era ese extraño chico? Y lo peor de todo, ¿por qué iba a morir yo? 


PD: Mi ordenador está estropeado, hasta el lunes no podré publicar los comentarios y responder pero aún así no os echéis para atrás, dejar vuestra opinión y el lunes sin falta responderé.
Besos!

1 ago 2011

Mentiras que creí, capítulo 2.

Capítulo 2

Pensé lo más rápido que pude, necesitaba un plan de huida. Antes de ir a una casa de acogida necesitaba encontrar al asesino de mi abuela. Si había una dirección escondida tendría que haber alguna razón. Tal vez allí había alguien que pudiera decirme qué estaba pasando y quién lo estaba provocando. 
Bajé por la ventana de mi cuarto hasta el jardín, no había mucha altura ya que la segunda planta estaba bastante cerca de la primera, lo que hizo la huida de lo más simple y fácil.
Eché a correr por la calle aún con lágrimas en el rostro y con el corazón latiendo velozmente. Estaba muy asustada y lo peor de todo, sola. La angustia me corría por dentro, la tristeza aflojaba mis piernas y el dolor retumbaba en mi corazón. Aún no entendía nada, mi abuela había sido como una madre para mí y ahora estaba muerta. ¿Cómo hacerme a la idea tan pronto? Mis padres habían muerto y la única que podía darme respuestas había sido mi abuela pero alguien la había callado para siempre. 
La calle Robintón no quedaba muy lejos, a dos manzanas, lo que hacía que comenzara a sentirme insegura. Cuanto más me acercaba más esperanza de encontrar una respuesta perdía. Además, si la respuesta era maligna, prefería no saberla.
Saqué la nota de mi bolsillo, estaba arrugada. <<Robintón, 9>>
Bien, estaba frente a la casa número 9 de la calle Robintón. ¿Y ahora qué? ¿Tenía que entrar de golpe sin avisar? ¿o llamar a la puerta? Dudé y vacilé antes de llamar al timbre. Lo mejor era fingir que no sabías nada y hacerte la inocente, así podría coger fuera de juego a la persona que estaba relacionada con mi abuela.
Nadie contestó. Al parecer no había nadie en casa. Muchísimo mejor, así podría colarme sin que me dijeran nada.
Di la vuelta a la casa por el jardín y en la parte de atrás vi una ventana abierta. Genial, la gente era demasiado confiada. Salté por esta y caí en la cocina. Me incorporé lo más rápido que pude y eché un vistazo a la casa desde el pasillo. No era muy grande, más bien era pequeña y acogedora. 
-¿Hola? ¿Hay alguien?
Nadie me contestó.
Husmeé por toda la planta baja, desde el cuarto de baño hasta el salón. En realidad debería hablar con el dueño de la casa para saber qué relación tenía con mi abuela. No allanar su morada y rebuscar entre sus cosas como si fuera una delincuente. Pero seré realista, lo que me movía era la sed de venganza y la histeria, no sabía que iba a pasar con mi vida, todo había pasado demasiado rápido.
Subí las escaleras que daban a la segunda planta. Mis dedos recorrieron la baranda que ayudaba a subir. Admiré un cuadro que había en la pared, El beso, de Klimt. 
Me adentré en la primera habitación que vi. Nada, no había absolutamente nada que me interesara. Solo pertenencias de alguna persona, ropa, libros...
Pasé a la segunda habitación que estaba al fondo del pasillo y a simple vista tampoco encontré nada. Abrí los cajones de la cómoda, miré en las estanterías y por último me dirigí al armario. 
Me horrorizó tanto lo que vi dentro que salté hacia la cama gritando con todas mis fuerzas. Una mujer, muerta, estaba dentro del armario desangrándose. ¿Qué? ¿Otra muerte? ¿Es que era eso posible? 
No supe que hacer, me quedé paralizada ante la visión que estaba teniendo. Escuché como se abría la puerta de la casa y maldecí en mis adentros haber entrado. 
Asustada y con las manos temblorosas me metí bajo la cama y escuché como una persona subía las escaleras. 
-¿Quién anda ahí?- Mierda, me había descubierto. Aunque tampoco había que tener muchas neuronas para darse cuenta de que alguien había estado en su casa. Había abierto todos los cajones y no los había cerrado. Sí, era un poco estúpida y además estaba muy asustada.
Se adentró en la habitación donde me encontraba y corrió a cerrar el armario. Vi sus zapatos, eran deportivas.
Vi como se agachaba lentamente. Se me heló la sangre al ver como me miraba con una sonrisa maliciosa. Metió una mano bajo la cama y tiró de mí hacia él.
Pude contemplarle con más detenimiento, era un chaval que tendría más o menos mi edad, de pelo oscuro, ojos marrones, alto y fuerte. 
-¿Quién...? ¿Qué...? ¿Cómo...? ¿Por qué?- Le pregunté sin poder dejar de balbucear.
-Tú...
Fue lo único que dijo antes de cogerme y colocarme en su espalda, como un saco, y salir corriendo de la casa.

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