Capítulo seis:
Cuando mis rodillas tocaron el suelo me agarré a varias ramas cercanas y me incorporé tambaleándome. Las piernas comenzaron a fallarme y saque una valentía de mi interior que desconocía. Me aferré al recuerdo de la vida feliz que había tenido antes de que ocurriera todo y respiré hondo.
Eché a correr por la cuesta que daba a campo abierto y escuché como se abría la puerta del patio. Me giré un segundo y vi Hemán gritándome y sacando una pistola de sus pantalones. Aquello iba de mal en peor. Me había escuchado caer del árbol, lo que le llevaba a pensar que le había oído hablar por teléfono. Y ahora era la hora de matarme.
Escuché dos disparos y giré velozmente la esquina que me hacía desaparecer de su campo de visión. Me tropecé seguidamente y conseguí mantenerme en pié.
Hemán debía correr detrás de mí lo que me hizo no parar mis pasos. Divisé a lo lejos un frondoso mar de retamas donde podríamos jugar al escondite.
Me introduje en él y giré mi cabeza por última vez para verle, estaba lejos, lo suficiente para no poder dispararme y calcular bien, pero me estaba mirando a la vez que corría, lo que le hacía saber donde me estaba escondiendo.
Continué corriendo con todas mis fuerzas. Tomé caminos de tierras rodeados por ramas al azar y me dejé perder en aquel frondoso sitio.
Tenía muchísimo miedo, me temblaban los brazos y las piernas, la cabeza me daba vueltas, tenía un sudor frío en la frente y debía estar tan pálida como el papel. Además, mi corazón latía tan velozmente que parecía salirse de mi pecho en cada latido.
Tal vez fueron horas en las que no dejé de correr en aquel laberinto, sabía que era la que tenía más posibilidades de perder, pues Hemán me había dicho que solía salir a coger espárragos por allí. Por lo que seguro que se conocía ese laberinto mejor que yo, y eso me daba serios problemas. Si me quedaba quieta durante mucho tiempo acabaría encontrándome y si me movía, al menos tendría más posibilidades de despistarle.
Cuando la noche estaba cayendo no podía seguir corriendo y hacerlo a la vez silenciosamente. Aquel sitio o era enorme o había pasado tropecientas mil veces por el mismo sitio. Y me decanté por lo segundo.
Decidí que era la hora de salir fuera e intentar escapar. A lo mejor Hemán se había dado por vencido, ¿no? No, probablemente no. A quién quiero engañar, su misión era matarme, no iba a abandonarla sin más. Y menos porque yo me hubiera escapado. Probablemente eso le reventaba y enfadaba aún más.
Caminé todo recto hacia la izquierda. No sabía a dónde iba a llegar, pero la verdad, mientras Hemán no estuviera allí, me importaba bien poco.
No me había parado a pensar qué iba a hacer si salía de allí con vida, si conseguía llamar a alguien para que me viniera a buscar. Porque Hemán sabía donde vivía y no tenía a otro sitio a donde ir. El orfanato era la única casa que tenía.
Divisé una casa a lo lejos al salir de aquel mar de retamas y corrí hacia ella.
Cuando estaba llegando vi a dos hombres andando hacia la puerta. Sin perder un segundo me acerqué a ellos.
-¡Por favor ayúdenme!
Ambos se miraron y luego me miraron a mí.
-¿Quién eres? –Me preguntó uno de ellos.
-Un hombre intenta matarme. Sáquenme de aquí.
-Como quieras.
Esa respuesta me desconcertó bastante. Pero fue tarde cuando comprendí que aquellos hombres no iban a ayudarme.
Lo único que vi antes de que me golpearan y me dejaran inconsciente fueron unos ojos que me eran familiares. Unos ojos marrones chocolate y un rostro perfecto. Leo.