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27 oct 2011

Zona intercambio

¡Hola a todos! Reabro mi zona de intercambio.
Tengo pocas normas:
1. Siempre correo ordinario y NACIONAL (soy de España)
2. Mis libros están en buen estado, espero lo mismo de los demás.
3. Sacaré fotos si queréis ^^
4. Quien esté interesado aquí está mi correo: maria_loca96@hotmail.com

Y aquí os dejo la lista de libro que tengo:
Y la mi lista de libros que quiero:

Que tenga una lista de libros que quiero no significa que no acepte otros que no estén en ella, podéis mandarme sugerencias que no estén en la lista, hay muchos libros que desconozco.
Gracias y os espero^^

23 oct 2011

Verdades que negué, capítulo seis


Capítulo seis:

Cuando mis rodillas tocaron el suelo me agarré a varias ramas cercanas y me incorporé tambaleándome. Las piernas comenzaron a fallarme y saque una valentía de mi interior que desconocía. Me aferré al recuerdo de la vida feliz que había tenido antes de que ocurriera todo y respiré hondo.
Eché a correr por la cuesta que daba a campo abierto y escuché como se abría la puerta del patio. Me giré un segundo y vi Hemán gritándome y sacando una pistola de sus pantalones. Aquello iba de mal en peor. Me había escuchado caer del árbol, lo que le llevaba a pensar que le había oído hablar por teléfono. Y ahora era la hora de matarme.
Escuché dos disparos y giré velozmente la esquina que me hacía desaparecer de su campo de visión. Me tropecé seguidamente y conseguí mantenerme en pié.
Hemán debía correr detrás de mí lo que me hizo no parar mis pasos. Divisé a lo lejos un frondoso mar de retamas donde podríamos jugar al escondite.
Me introduje en él y giré mi cabeza por última vez para verle, estaba lejos, lo suficiente para no poder dispararme y calcular bien, pero me estaba mirando a la vez que corría, lo que le hacía saber donde me estaba escondiendo.
Continué corriendo con todas mis fuerzas. Tomé caminos de tierras rodeados por ramas al azar y me dejé perder en aquel frondoso sitio.
Tenía muchísimo miedo, me temblaban los brazos y las piernas, la cabeza me daba vueltas, tenía un sudor frío en la frente y debía estar tan pálida como el papel. Además, mi corazón latía tan velozmente que parecía salirse de mi pecho en cada latido.

Tal vez fueron horas en las que no dejé de correr en aquel laberinto, sabía que era la que tenía más posibilidades de perder, pues Hemán me había dicho que solía salir a coger espárragos por allí. Por lo que seguro que se conocía ese laberinto mejor que yo, y eso me daba serios problemas. Si me quedaba quieta durante mucho tiempo acabaría encontrándome y si me movía, al menos tendría más posibilidades de despistarle.
Cuando la noche estaba cayendo no podía seguir corriendo y hacerlo a la vez silenciosamente. Aquel sitio o era enorme o había pasado tropecientas mil veces por el mismo sitio. Y me decanté por lo segundo.
Decidí que era la hora de salir fuera e intentar escapar. A lo mejor Hemán se había dado por vencido, ¿no? No, probablemente no. A quién quiero engañar, su misión era matarme, no iba a abandonarla sin más. Y menos porque yo me hubiera escapado. Probablemente eso le reventaba y enfadaba aún más.
Caminé todo recto hacia la izquierda. No sabía a dónde iba a llegar, pero la verdad, mientras Hemán no estuviera allí, me importaba bien poco.
No me había parado a pensar qué iba a hacer si salía de allí con vida, si conseguía llamar a alguien para que me viniera a buscar. Porque Hemán sabía donde vivía y no tenía a otro sitio a donde ir. El orfanato era la única casa que tenía.
Divisé una casa a  lo lejos al salir de aquel mar de retamas y corrí hacia ella.
Cuando estaba llegando vi a dos hombres andando hacia la puerta. Sin perder un segundo me acerqué a ellos.
-¡Por favor ayúdenme!
Ambos se miraron y luego me miraron a mí.
-¿Quién eres? –Me preguntó uno de ellos.
-Un hombre intenta matarme. Sáquenme de aquí.
-Como quieras.
Esa respuesta me desconcertó bastante. Pero fue tarde cuando comprendí que aquellos hombres no iban a ayudarme.
Lo único que vi antes de que me golpearan y me dejaran inconsciente fueron unos ojos que me eran familiares. Unos ojos marrones chocolate y un rostro perfecto. Leo.

18 oct 2011

¿Qué hace?




Tal vez nos sentimos solos por culpa de la indiferencia del mundo.
Y lloramos porque en el fondo nuestros sentimientos no son mudos.


A decir verdad las personas provocan todos los sentimientos.
El odio hace que los seres se destruyan.
Las mentiras nos hacen ven cuánto nos duele la realidad.


Y una pregunta, ¿y el amor? ¿Qué hace el amor?

16 oct 2011

Verdades que negué, capítulo cinco


Capítulo cinco:

Sin saber cómo las lágrimas comenzaron a abarrotar mi rostro. La angustia vino a mí como un niño va a su madre. Mis ojos se tornaron de un verde oscuro por la tristeza y la rabia de sentirme engañada de nuevo. Apreté los puños con fuerza y dirigí mi mirada al suelo. Hemán me cogió de la mano y levantó mi cabeza para que lo mirara.
-Sira, él no merecía la pena. Intentó matarte una y otra vez  y como una ciega no supiste aceptarlo.
-Pero me resulta imposible creer que… Que fuera todo mentira.
-Esta tarde parto al pueblo de mi abuela. Mañana nos dan las vacaciones de Semana Santa y me quedaré toda la semana en su casita de campo. Allí estarás a salvo, ven conmigo. Estoy entrenado para defender y matar.
-No sé si debo ir…
-Puedes fiarte de mí. Si el clan viene, te protegeré. Si te quedas aquí, sola, nadie podrá protegerte.
-Está bien, iré.
No sé por qué pero acepté ir con Hemán. No me fiaba de él, pero mucho menos me fiaba de quedarme sola en el orfanato. Tenía muchísimo miedo, cada vez más. Las cosas se estaban torciendo de una forma vertiginosa y no creía estar preparada para volver a estar en peligro de muerte. Valoraba lo suficiente mi vida para querer borrarlo todo, desde el día en que murió mi abuela.

Por la tarde, tras pedir permiso en el orfanato para ir a ver a “una tía lejana” toda la semana, me encontraba en la calle principal de mi pueblo esperando el autobús. Hemán, a mi lado, me miraba con un extraño brillo en los ojos. Todo eso me daba muy mala espina, pero parecía ser la única persona en la que podía confiar.
Cuando me senté en el autobús recordé como me había sentido al estar con Leo. Él me había asustado desde el principio pero me inspiraba confianza, Hemán no. Por muy bueno que dijera ser y muy protector… Aquello no me convencía. ¿Y por qué era tan estúpida de irme con él? Porque era la única persona que conocía lo que pasó y me ofreció su protección. Supongo que no me quedaba otra más que jugármela. 

Al llegar campo observé lo gran de que era. Era una parcela repleta de árboles frutales y en el centro estaba la pequeña casa acogedora. La verdad es que era muchísimo mejor que el orfanato, le daba tropecientas mil vueltas. Tal vez aquella semana no sería tan mala. Si Hemán decía la verdad allí estaría a salvo y podría disfrutar de una semana de vacaciones.
La noche había caído cuando entramos en la casita de paredes blancas pintadas con cal. Las estrellas lucían fuertes y brillantes en la profunda oscuridad del cielo. Hemán rozó mis mejillas con sus dedos y seguidamente me cogió de la mano para indicarme cuál era mi habitación.

Dos días después no había ocurrido nada raro, ni un solo incidente. Hemán se mostraba cariñoso y muy bueno conmigo. Había estado llevándome por los pueblos cercanos cada mañana y enseñándome el campo de los alrededores por las tardes. Pero la idea que tenía de él se rompió en mil pedazos cuando salí a tomar el aire y me senté en un árbol cerca de la casa. Escuché a Hemán hablando por teléfono y…
-Sí querida, está aquí. Ahora solo tenéis que decirme cuando he de matarla. La muy ignorante ha creído que estaba a salvo. ¿Ya? Está bien. Os llevaré el cuerpo en cuanto pueda.
Tras escuchar las palabras de Hemán me caí del árbol y pude oír cómo se cerraba la ventana por la que lo había escuchado hablar. Me quedé helada y tan solo una pregunta rondó mi mente, ¿ahora qué?


10 oct 2011

¿Por qué?

¿Por qué rompes mis esquemas? ¿Por qué nadie puede igualarte¿Qué te hace tan diferente?























No lo sé... Tan solo tengo la certeza de que cuando destruyes el espacio que nos separa haces que mi corazón lata velozmente... Solo sé que eres tú...

7 oct 2011

Verdades que negué, capítulo cuatro

Capítulo cuatro:

Los ojos de la persona que se abalanzaba sobre mí eran tan oscuros y siniestros como su rostro.
En décimas de segundos mi voz se quebró y el cuchillo rozó mi piel, haciendo que brotara sangre velozmente. Corrí hacia la puerta y me empotré contra la pared a tiempo de ver como se acercaba lentamente. Las lágrimas comenzaron a caer de mis ojos ávidamente y el intruso me sonrío de la forma más fría que había contemplado en mi vida.
De pronto se encendieron las luces del pasillo y pude ver al hombre que intentaba asesinarme. Debía tener veinte años, no más. Lo que me dio la confianza suficiente para alcanzar la silla que tenía más cerca y lanzársela.
La puerta de mi habitación se abrió de par en par y un hombre enmascarado tiró de mí hacia fuera.
Los profesores entraron corriendo por el pasillo y antes de poder descubrir quién me había salvado, desapareció. Echó a correr en dirección contraria y lo perdí de vista.

Al día siguiente por la mañana me obligaron a ir al instituto. Me pusieron una venda en el brazo y me dijeron que pondrían a un guardia de seguridad, además de tapiar los conductos de ventilación. Yo había estado a punto de ser la siguiente y eso no podía ocurrir.
Nadie del instituto se había enterado de lo ocurrido, tan solo mi amiga Alex, a quien yo se lo había contado.
Cuando salía del instituto me choqué con alguien.
-¿Otra vez igual, Sira?
-Tengo que hablar contigo -le dije solamente.
-¿Estás bien después de lo de anoche?
-¿Cómo lo sabes? Espera, mejor, ¿por qué tenías información sobre mí y sobre mi abuela en tu carpeta?
-Es una historia un poco extraña. Vamos a la estación de tren y te la cuento.
-¿Por qué la estación?
-Solo hazme caso.
La estación quedaba a escasos minutos de donde nos encontrábamos. Andamos hacia ésta mientras el silencio se hacía entre ambos. No me fiaba ni un pelo de él, pero si quería respuestas solo podía hacerle caso, no me quedaba otra.
Noté sus ojos inspeccionar mi cuerpo más de una vez e intenté contener las ganas de darle una bofetada. Tenía razones para hacerlo, él no era nadie para guardar información sobre mi vida.
La estación de tren estaba abandonada desde hacía años. Los raíles estaban oxidados y llenos de plantas silvestres.
Nos sentamos en un banco desde el que se podía ver un reloj que desde hacía años había dejado de funcionar. Allí habían transcurrido miles de historias, desde felices hasta tristes. Allí se habían derramado lágrimas y se habían marchado personas para siempre.
-Sira... Tengo esa información sobre ti porque vengo a ayudarte. Sé que hace un par de meses conociste a Leo y que te llevó a París con su clan. Has de saber que era una trampa, que te llevó allí para que te mataran.
-¿Por qué salí con vida?
-Porque en ese mismo instante en el que tú esperabas en la puerta mi grupo estaba luchando dentro con el clan. Siempre los hemos perseguido y desde siempre nos hemos matado unos a otros. Nosotros intentamos acabar con los malos. Al ver la situación Leo decidió traerte de vuelta y esperar al momento apropiado para mandar a alguien que te matara.
-¿Estás insinuándome que todo era mentira?
-Sí.
-Eso es imposible...
-No. No lo es. Ahora he venido para ayudarte Sira. Porque ya ha mandado a un asesino para que te mate.
-¿Dónde está Leo?
-Sira, Leo, ha muerto.
Se me vino el alma a los pies al escuchar sus palabras. ¿Era eso posible? ¿Había intentado matarme en realidad en vez de ayudarme? ¿Por qué entonces me había besado? Había sido mi mejor amigo... Y lo más importante, ¿aquella persona que creía que me protegería era verdaderamente la que me ponía en peligro?

1 oct 2011

Verdades que negué, capítulo tres


Capítulo tres:

Seguidamente escuché un desgarrador corte y las luces se encendieron.
Un grupo de adultos avanzaron hacia la habitación corriendo. Abrieron la puerta y exclamé un grito ahogado.
La chica estaba colgada del techo con las muñecas llenas de cortes y ahorcada. ¿Qué acababa de pasar?
Comenzaron a sudarme las manos y supe qué significaba aquello, sentía el peligro cerca, en cada esquina de lo que me parecía mi claustrofóbica habitación en aquellos momentos.
Me pasé la noche sentada en la cama, agarrando mis rodillas con la luz encendida. No era capaz de dormir.
 Los policías y los médicos habían dicho que era un claro caso de suicidio. Pero yo no estaba tan segura, si se había suicidado, ¿por qué había visto yo su mano sobre el cristal tras su grito?
Con la certeza de que había sido un asesinato me fui al instituto. Todos hablaban de lo mismo y me estaban llenando tanto la cabeza que Alex me sacó de allí, llevándome a su casa.

Cuando anochecía me dijo:
-Sira… En una de las carpetas que me diste no había nada relacionado con las auras.
-¿Cómo que no?
-No. La primera hoja era tu ficha policial y lo demás datos sobre ti y tu abuela.
-¿Cómo? –Se me heló la sangre. Recordé como me había chocado con Hemán el día anterior y me estremecí.
-Toma, llévatelas. Seguramente te confundirías. Pero Sira, cariño, no te obsesiones, ¿vale? Me parece muy fuerte que tengas los datos de tu abuela desde que nació hasta que falleció. No los he leído pero… Por favor, no te vuelvas loca. Sé que tiene que ser muy duro perder a tu único familiar…
-Está bien Alex. Me voy. Necesito… Descansar.
Alcancé la carpeta y salí de su casa.
La niebla cubría el suelo y el cielo, no se veía a penas nada. Volví a escuchar pasos detrás de mí e intenté obviarlo pero no pude. Me paré en seco y me giré.
Nadie.
Agarré la carpeta roja con fuerza y la apreté contra mi pecho. Tenía miedo. En esos últimos días había sentido que me perseguían y que me observaban.
Apresuré mi marcha y cuando pensé que alguien iba a agarrarme del brazo eché a correr. Me estaba volviendo loca. Estaba en mi cabeza…
Golpeé la puerta del orfanato con fuerza hasta que la cocinera me abrió con mala cara. Subí corriendo a mi habitación y observé la puerta de enfrente. La policía ya se había ido, tras una noche dando vueltas y hablando con los médicos. Nadie hablaba del tema, todos pensaban que había sido un suicidio menos yo.  Me adentré en mi habitación e intenté tranquilizarme.
Me estiré en la cama y conseguí conciliar el sueño.
Escuché un golpe seco en el conducto de ventilación que hizo que me despertara.
¿Me estaba volviendo loca? ¿O es que todo eso era cierto?
Un tornillo calló de la rejilla. Luego el otro.
Grité con todas mis fuerzas a tiempo de ver una sombra con un cuchillo saltando sobre mí.
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