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1 ene. 2018

2018 no es símbolo de paz

2017.
Año de guerra.


La batalla se desató en Granada, justo cuando volviste antes de marcharte. Las tropas estaban preparadas, traían a la espalda Ámsterdam y Milán. Sacaron la artillería pesada cuando decidiste ser una sombra de quien podrías haber sido. Una sombra tenue, que a veces decide desaparecer cuando más se la necesita.
No esperaba algo peor que Londres ni tampoco que las calles fueran tan estrechas que nos quedáramos sin aire.
Amor, hay cosas que no pueden olvidarse arreglarse. Solo tenemos que aprender a vivir con ello.
Con que me faltes porque siempre estás a la mitad, te quedas a medio camino.
Con que esto se agote, por lo que yo espero y lo que tú nunca serás.
Con que el amor es una colmena y si no hacemos nuestras tareas se viene abajo.
Con que te disculpes y en menos de veinticuatro horas vuelvas a ser el mismo.
Quizá no pueda vivir con ello. No sé tú.
La guerra no mejoró en verano. Tampoco cuando esperábamos que lo hiciera con esa mudanza y las ganas de gritar que me quemaban la tráquea. En realidad solo fue a peor. Perdimos soldados. Provisiones. Ah... y promesas rotas.
Me he roto demasiadas veces. Soy una muñeca descosida. No cabe más. Me falta demasiado. No dejo de llorar.
¿Y sabes qué pasa? 
Que he aprendido que llorar en la guerra no sirve de nada porque las balas te atraviesan igual.



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