Prólogo:
Mis muñecas estaban amoratadas por culpa de las cadenas que me sostenían clavada a la pared y sin derecho a ninguna movilidad. Mis piernas colgaban como un peso muerto al igual que mis blancas alas atrapadas por un cepo hecho de hierro que dañaban la perfección que recorría cada preciosa y delicada pluma.
Miré hacia la entrada de la celda donde me tenían encerrada por no seguir sus normas. No podía creer algo que realmente no tenía ni pies ni cabeza.
Tiré con fuerza de las cadenas que me apresaban a la pared pero no conseguí más que hacerme daño. Mi vestido blanco estaba hecho un harapo, lleno de arañazos y sangre.
Alguien aceleraba el paso, un ángel bajito con grandes alas flácidas se acercaba a mí con una bandeja que tenía una carta en su centro con un sello negro. Yo ya sabía que era aquello, mi próximo viaje a una ejecución. Maldije en mi interior no haber escapado a tiempo. Hasta mis propios hermanos me traicionaban. No sentía nada... Como siempre. Solo temía por perder mi vida de un momento a otro. La vida a la que estaba acostumbrada, a no tener que pensar ni sentir, solo actuar.
Abrió la puerta de la celda produciendo un sordo ruido que llegó a mis oídos y me puso los pelos de punta. Alcanzó un taburete que se encontraba cerca, se subió a él y me miró a los ojos con impotencia. Entendí que le ocurría, era mi hermano y no quería verme sufrir. Sin embargo, él siempre seguía órdenes. Tenía que seguir las pautas que le habían dado y sin queja alguna. Cogió una pequeña navaja que llevaba en la mano derecha y con la izquierda abrió la carta, era zurdo al igual que todos los ángeles. Alzó dicha carta hacia mi rostro y leí lo poco que decía. En escasos minutos tendría un juicio, ya estaba condenada, tal vez a un par de años en el infierno o sería expulsada de la ciudad de los ángeles durante un tiempo.
Tras releer la carta una y otra vez durante un largo y desesperante minuto mi hermano alcanzó una llave que llevaba en el bolsillo, la encajó en las cadenas que me tenían crucificada y caí al suelo con un golpe seco. Me hice bastante daño en las piernas pero no me importó. Por fin tenía libertad. No durante mucho tiempo, pero las punzadas de las muñecas habían cesado y eso era otro punto más a mi favor. Otros dos ángeles entraron en la celda para sujetarme antes de que se me ocurriera la estúpida idea de escapar, era totalmente imposible. Eran altos, muchísimo más que yo.
Tomaron mis manos con delicadeza y me guiaron por las mazmorras aun sabiendo que me las conocía mejor que la palma de mi mano. Durante mis 80.000 años había sido una de esos ángeles sin piedad que castigaban sin sentir compasión... Mis actos me la habían jugado, lo sabía mejor que nadie. Ahora era yo la que se ponía en la posición de los condenados. Por una vez en mi vida vi como todo llegaba a su fin... O eso deseé porque en el juicio me esperaba algo peor que el bochorno de tragarme mi orgullo.
Cruzamos el patio de ejecución, utilizado pocas veces. Los ángeles no merecíamos morir, éramos seres perfectos, creados para conseguir un equilibrio entre el amor y el odio, adorados por tantos humanos. Porque no eramos más que semi dioses que copiaban la respiración de nuestro creador, al que ni siquiera conocíamos... Tan ignorantes y patéticos como los humanos. La diferencia estaba en que no destruíamos lo que teníamos por avaricia, respetábamos nuestras diferencias sociales. Todos seguíamos a nuestro padre... Bueno no todos, yo no creía en él. Nunca me habían demostrado que existía. No comprendía porque los humanos nos veían tan diferentes a ellos. Nosotros solo teníamos fe, al igual que ellos. Nos llegaban órdenes de ángeles que recibían órdenes de ángeles que recibían más órdenes... Y de esta manera nunca sabíamos realmente a quien seguíamos. Una de las razones por la que iba a ser condenada.
Seguimos caminando hasta llegar el final de los largos corredores que cruzaban el palacio angelical donde el consejo se reunía para decidir quien podía vivir y quien morir... El mismo al que yo pertenecía hasta que metí la pata, no calculé lo suficientemente bien mis pasos y lo estropeé todo... Solo quería ser libre. Quería conseguir el equilibrio perfecto que nos faltaba, pero un ángel sola no puede hacer nada contra tantos millones de seres que seguían ordenes de un ser inexistente, hacía años que había dejado de creer en esa absurda idea. No se me pasaba ni por la cabeza la mera idea de su existencia... Nadie podía demostrarlo y yo solo creía en lo que veía.
Tras 80.000 años siguiendo al consejo me di cuenta de que solo me utilizaban para lo que les interesaba. Este consejo estaba formado por cuatro ángeles: Cóstea, una mujer imponente, alta y delgada, con un gran carácter, la misma que me traicionó; Michell la otra mujer que componía a este consejo era bajita, pelirroja con ojos azules, de carácter tranquilo, vaga, tímida y a penas hablaba; Sterru un ángel altísimo, fuerte moreno de ojos celestes y extremadamente pesado e ignorante; por último estaba Damacio un hombre joven al igual que yo, de mirada penetrante color avellana, cabello castaño y tranquilo pero a la vez compresivo, mi mejor amigo desde la infancia y con quien podía contar para todo. Anteriormente eramos cinco pero claro... Me echaron. ¿Por qué?
Era una noche de tormenta donde la lluvia arreciaba con fuerza sobre la Tierra. Yo llevaba un año intentando implantar esa nueva forma de pensar a través de la cual los ángeles podían ver que no tenían por qué seguir órdenes y que los humanos eran seres destructivos que no se merecían su planeta. Damacio lo sabía mejor que nadie, él conocía cada paso que daba pero siempre guardaba el secreto. Días antes Cóstea me había jurado lealtad por salvarla de otro ángel que se lanzó hacia su pecho para matarla. Me prometió guardar todas mis confidencias personales y yo cual ignorante la creí... Le conté todos mis planes y ella dijo que me apoyaría en todo. Aquella noche Michell se acercó a mí y me colocó un cepo en las alas sin ninguna explicación aparente, sin embargo, yo ya sabía lo que ocurría. Catorce horas más tarde me encontraba en la maldita celda donde me habían metido como a una vulgar más.
Llegamos al juzgado, muchos ángeles sentados en mantas esperaban en la puerta, eran los típicos cotillas que querían saber lo ocurría en cada momento y más si se trataba de mí, un ángel que había traicionado al consejo. Ese era un buen tema para hablar durante muchos años. Nadie volvería a verme como la inocente que todos creían que era.
Me adentré en el juzgado junto a los ángeles que me tenían atada. Todos se pusieron en pie y me miraron con una expresión de indiferencia. Ya se había corrido la voz demasiado, seguramente habrían inventado más cosas de las reales que contaban. Otros me miraban con tristeza, o al menos eso vi reflejado en la cara de mis amigos. Aquello era bastante trágico... Los ángeles no solíamos sentir tristeza excepto cuando se nos alejaba de nuestros seres queridos. Obviamente queridos en el término fraternal. Porque no éramos tan imperfectos como los humanos, no sentíamos el famoso amor que tan locos los volvía. No existía ninguna pareja de ángeles.
Anduve lentamente hacia una silla que estaba colocada en el centro de la sala, rodeada por todas las gradas y a la vez por todos los ángeles que tenían derecho a saber lo que ocurría, que no eran muchos, unos doscientos calculé. Sus miradas se posaban en mí traspasándome y dejándome en el suelo sintiéndome inferior a ellos. Otra cosa buena que teníamos los ángeles era que en nuestra sociedad todos eramos iguales ignorando cómo nos sintiéramos. Estaban los buenos que merecían vivir en la ciudad de los ángeles y los malos que eran condenados, no había termino medio.
Me acompañaron hasta la desgastada silla de madera, esperaron a que tomara asiento para segundos después tener que levantarme porque así lo pedían los jueces, luego se marcharon.
Cóstea vestida con un vestido negro elegante, me miraba desde arriba con el mazo en la mano y a su lado Damacio mirándome con tristeza, seguramente le habrían obligado a participar en mi juicio y a decidir, lo hacían para hacerle daño. Sabían que la decisión realmente importante era la de Cóstea y nadie más. La mayor de todas, había vivido desde el principio de los tiempos, según todos era la que más experiencia tenía... Obviamente ocho mil millones de años no era muy poco, había visto nacer a los humanos, desde que se creó la primera célula hasta el último avance que habían conseguido.
-En pie -me dijo Damacio ocultando su amistad. Me levanté y segundos después volví a sentarme.
-No tienes derecho a decir nada hasta que se te dé permiso o todo será utilizado en tu contra -suspiré mientras Cóstea escupía las palabras-. Es acusada de traición al consejo angelical. Decidió tomarse la justicia por su mano. Intentó crear un grupo de rebeldes contra sus propios hermanos por la simple idea de que los humanos no se merecen lo que tienen. No es nadie para decidir eso, ni para opinar.
Solté un bufido. Cóstea se aprovechaba y disfrutaba de la situación... Siempre tan hipócrita.
-Sarishalathel será condenada a convivir con los humanos hasta...
-¡No! -Grité con todas mis fuerzas interrumpiendo a Damacio.
Aquello era demasiado, no podían hacerme eso... No podían ser tan crueles.
-¡Silencio! -Me mandó a callar Cóstea mientras dirigía una mirada a Damacio para que continuara.
-Como iba diciendo será condenada a vivir con los humanos hasta que consiga apreciarlos tanto como se merecen. Porque padre dice que son perfectos y no es nadie para cuestionarlo... -Damacio hablaba con nerviosismo y a la vez tristemente, le hería tener que decirme todo aquello-. No volverá a ser un ángel hasta que consiga adorarlos. Ahora puede hablar.
-No... No podéis hacerme esto... Llevamos muchos años juntos... Por favor, me matarán como a una más. Solo sabe destruirse entre ellos... ¿Cómo pueden ser así?... Cualquier otra cosa menos eso por favor.
-¡No!- Sentenció Cóstea.- Está decidido Sarishalathel.
La oscuridad inundó mi mente tras sus palabras.